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title: "La clínica de la adolescencia: Reflexiones sobre caso clínico hospitalario"
description: "El adolescente ha de atravesar por desequilibrios imprescindibles para desarrollar paulatinamente su psiquismo, su emocionalidad y aspectos de su identidad."
url: https://consultachamberi.es/clinica-adolescencia-reflexiones-caso-hospitalario
date: 2026-04-06
modified: 2026-04-06
author: "Pablo Aizpurua"
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categories: ["Artículo"]
tags: ["adolescencia", "clínica", "crisis", "cuerpo", "desarrollo", "duelo", "emoción", "equilibrio", "hospital", "identidad", "límite", "neurosis", "patología", "psiquismo", "reflexión", "responsabilidad"]
type: post
lang: es
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# La clínica de la adolescencia: Reflexiones sobre caso clínico hospitalario

## El adolescente “normal” ha de atravesar por desequilibrios imprescindibles para desarrollar paulatinamente su psiquismo, su emocionalidad y aspectos fundamentales de su identidad. Por lo tanto, teniendo en cuenta esta crisis adolescente, en esta causa adolescente a decir de F. Doltó (1990), es muy difícil establecer un límite entre lo normal y lo patológico en la adolescencia, siendo bastante anormal e inesperada la presencia de un equilibrio estable en esta etapa. Seguimos habitando la posición freudiana en la que neurosis y “normalidad” no tienen un claro distingo.

Al traspasar la infancia, el adolescente se enfrenta al menos a tres duelos fundamentales: el duelo por el cuerpo infantil perdido, el duelo por la identidad infantil y el duelo por los padres de la infancia; pudiendo añadir otras pérdidas que requieren de elaboración psíquica, tales como el duelo por la bisexualidad infantil perdida. El adolescente deberá entonces transformar poco a poco aspectos de su mundo infantil, en el que vivía a salvo de responsabilidades, dependía de sus padres y en el que cada cual tenía un rol claro establecido, para enfrentarse a un mundo cambiante, “adulto” en el que deberá constituir su propia identidad. Tras la neurosis típica edípica de la primera infancia, entre los 3 y los 6 años, se puede hablar de una neurosis de la adolescencia, entre los 11 y los 18 años, que resignificará la primera. Como señala R. Cahn (2002), la adolescencia es un agente organizador del funcionamiento mental. Gracias al "aprés-coup", se resignifican los avatares de la neurosis infantil y se juegan las posibilidades de apertura para una neurosis de trasferencia. Los dos tiempos de la sexualidad humana (mediados por la fase de latencia) y la resexualización del adolescente serían los ejes de la constitución psíquica. Sin embargo, para este autor, esta perspectiva puede dar demasiado por hecho las cosas, afirmarse que en la adolescencia debe acabarse el proceso, como si este fuera natural y dejar entonces fuera de si la propia adolescencia, sin especificidad, como una mera recapitulación de lo anterior. La perspectiva a tener en cuenta es que la adolescencia no sería una mera repetición de los conflictos infantiles, con sus devenires narcisistas y edípicos, sino una prosecución de los mismos con aspectos novedosos y únicos propios de la etapa adolescente. El final del proceso adolescente conduce ineludiblemente a una nueva versión, a una nueva representación de sí mismo y del funcionamiento psíquico, gracias no solo al ya citado "aprés-coup", sino a una verdadera transformación en las relaciones de objeto.

Es importante considerar que en ocasiones la alerta clínica puede estar detrás de aquellos adolescentes un tanto aislados y aparentemente tranquilos. Unos “buenos chicos” para sus padres y entorno, que, sin embargo, según se acercan a la adultez, se pueden descompensar con gravedad. Consideramos fundamental señalar la oportunidad terapéutica que supone una intervención psicológica en la adolescencia, pues una vez terminada esta fase con sus cristalizaciones y fijaciones, los cambios estructurales van a ser más complejos y dificultosos, sino imposibles. Es en este sentido que Eglé y Moses Laufer en su libro sobre el “Breakdown Evolutivo” (1984) aconsejan abandonar las categorías diagnósticas que habitualmente se usan con adultos y preguntarse la forma en la que cada adolescente enfrenta su propia adolescencia: si se queda “atrapado” en ella, si se salta esta etapa, si es extremadamente convulsa… Cómo dice Kestemberg (1982), “todo se prepara en la infancia, pero todo se juega en la adolescencia”.

Los adolescentes, al estar insertos en una etapa de cambio, son más vulnerables que los adultos al impacto de la realidad. Se puede decir que el adolescente es una especie de receptor vulnerable que asimila los impactos proyectivos del medio en que se encuentra: familiares, amigos, compañeros de escuela… Además, se observa que los motivos de consulta de adolescentes se han multiplicado en los últimos años, lo que nos hace sospechar una mayor fragilidad en la actualidad. Dicha fragilidad incrementada podría deberse a diferentes motivos, entre los que nos gustaría señalar, el acceso precoz a la sexualidad (facilitado y potenciado por las redes sociales), la mayor, inmediata y constante presión del grupo de iguales (también propiciado por las redes sociales y su “mal uso” del objeto en el sentido winnicottiano) y la caída de la normatividad de la estructura familiar, cuestión pendiente de seguir siendo elaborada por el entorno “psi”. Por supuesto, eventos traumatizantes de la realidad exterior les conmueven especialmente, tal y como comprobamos en nuestras consultas y plantas hospitalarias tras el panorama pandémico o los conflictos bélicos producto de la pulsión de muerte desligada.

Por lo tanto, considerando la particular vulnerabilidad adolescente y que la realidad tiene una complejidad creciente, es cada vez más frecuente que de manera transitoria, normalmente, y otras veces de forma más duradera, aparezcan mecanismos y defensas primitivas, que pueden recordar a pacientes “borderline”. Algunos autores los han considerado funcionamientos psicóticos o potencialidades psicóticas. Para los autores citados anteriormente (Laufer&Laufer), en la adolescencia carece de sentido la distinción entre neurosis y psicosis, tal y como se considera para los adultos, debido a la habitual transitoriedad de dichos fenómenos. En algunos adolescentes puede haber una gran confusión de identidad, llevando a una pérdida importante a nivel del límite, con el objetivo de negar una nueva realidad en cuanto a la sexualidad.

Además de cierta pérdida del límite respecto a la realidad, otra característica adolescente a tener en cuenta es la dificultad para la construcción de la capacidad para la simbolización, por lo que, ante la angustia desbordante, muchas veces están muy cerca del “acting out”. Aduriz (2018), en su trabajo “La clínica de la actuación en el trabajo psicoanalítico con adolescentes”, nos señala: «Han cambiado algunas formas de expresión del padecimiento psíquico. Tal cambio es correlativo de la modalidad de los intercambios y de las transformaciones en la sociedad actual. Como psicoanalistas insertos en la cultura, no podemos desconocer estas nuevas manifestaciones y hemos de dejarnos cuestionar por ellas. Hoy nos encontramos en la clínica con algunos pacientes que muestran con gran frecuencia actuaciones que complican nuestra tarea y nos producen perplejidad, planteándonos múltiples interrogantes. Considerando que la actuación es una modalidad característica del psiquismo adolescente y que las manifestaciones de la adolescencia para muchos autores se revelan como los síntomas del mundo actual, el abordaje de las actuaciones en la clínica de la adolescencia y de la juventud nos puede permitir arrojar alguna luz sobre estas nuevas formas de patología. (…) Es el proceso transfero-contratransferencial el que puede permitir al analista interpretar el guion que se pone en acto en tanto participa en él jugando un rol de partenaire del paciente. Poder vivir ese rol y poder pensarlo desde una posición tercera puede permitir el desvelamiento de cómo le afecta al paciente la unión-separación del analista.»

La evolución del adolescente dependerá entonces de su historia infantil, del entorno que le rodea y de la posibilidad de recibir ayuda. Como terapeutas debemos preguntarnos por el adulto al que puede dar lugar el adolescente, el niño que una vez existió (y sigue existiendo de alguna manera, aunque muchas veces se reniegue de él) y las posibilidades propias de la persona que tenemos en frente para poder ayudarle así en su proceso de subjetivación. Es tentador como terapeutas otorgarle al adolescente una posición pasiva frente a sus actitudes, comportamientos y síntomas, todos hemos sido adolescentes, si tuvimos suerte, y los residuos de los “padres malos” producto de la caída de la infancia siguen allí, aunque, como veremos, la negligencia parental grave también existe.

Ana María Nicoló (2011) señala varios indicadores de riesgo y pronóstico evaluando la situación global: la capacidad del adolescente de preservar relaciones objetales activamente investidas como factor de buen pronóstico frente al abismo de la soledad; el mantenimiento de la relaciones de objeto con el grupo de iguales, aunque sea de forma mimética o de manera destructiva (pero será de mejor pronóstico que la ausencia de dicho grupo); la capacidad de transformar el mundo fantasmático familiar, lo que indica que el registro simbólico se mantiene y se traduce en la capacidad de movilizar el entorno familiar con finalidad terapéutica; y, finalmente, la capacidad de un encuentro madurativo y evolutivo del marco terapéutico.
Por todo ello y como se viene señalando, la sintomatología del adolescente puede tener características de transitoriedad y es fundamental tener muy en cuenta los factores pronósticos. Sin embargo, de no ser tratada adecuadamente ciertos tipos de sintomatología transitoria adolescente, especialmente la que implica mayor gravedad, puede cronificarse y cristalizar en elementos de fijación poco o nada sensibles al trabajo terapéutico posterior.

Para finalizar este apartado, nos gustaría introducir algunos elementos técnicos generales para abordar el trabajo clínico con el adolescente. Estimamos desaconsejado comenzar con un análisis en un formato clásico, ya que el adolescente carece aún de un preconsciente suficientemente funcional y el aumento de la tensión propia de interpretaciones analíticas típicas, entendidas estas como interpretaciones edípicas clásicas, puede conllevar la actuación o al rechazo frontal. Además, ciertas situaciones que requieren de elementos pasivos por su estructura en el encuadre pueden estar desaconsejadas en el trabajo con el adolescente que puede no tolerarlas (por ejemplo, algunos adolescentes no pueden tolerar estar tumbados en un diván o mucha frecuencia de sesiones semanales). El primer objetivo del tratamiento será establecer un vínculo significativo de confianza e instaurar un proyecto de tratamiento a largo plazo. Esto implica trabajar a dos niveles: por un lado, la realidad interpersonal del adolescente y por otro, su mundo intrapsíquico. Es decir, debemos trabajar con la familia del adolescente, acompañarlos a entender y elaborar aspectos del proceso, teniendo en cuenta que el Yo frágil del adolescente, se apoya en el Yo de los miembros familiares (aunque muchas de las veces no pueda reconocerlo pues hacerlo sería caer en un infantilismo que resultara intolerable por sus repercusiones), lo que requiere que haya un mínimo de examen de realidad. La cuestión es cómo hacerlo sin vulnerar la intimidad del adolescente, aspecto fundamental para establecer las bases de un vínculo de confianza donde la palabra y las emociones puedan transitar. Además, la cuestión técnica y ética que implica conlleva no pocos quebraderos de cabeza al terapeuta. Por otro lado, será fundamental ayudar al adolescente a integrar el plano intrapsíquico con el interpersonal e interactivo.

En el trabajo con adolescentes se debe considerar que sus objetos internos no habitan únicamente a su mundo interno, sino que muchas veces los percibimos en objetos reales vivos, que forman parte de su día a día, por lo que los eventos traumatizantes que forman parte de su mundo fantasmático no pertenecen únicamente al pasado, sino que aparecen sucediendo en su vida actual (por ejemplo en su prohibición para pensar, en la dificultad de individuación, en lo incestuoso, en sus identificaciones alienantes…). Como terapeuta, habrá que ayudarles a construir cierta frontera entre realidad y fantasía, entre sí mismo y los otros, y ayudarle a modular la tensión que siente y que de forma urgente le lleva a buscar defensas con modalidad perversa o psicótica, actuaciones o apariciones de fenomenologías psicosomáticas. Las intervenciones deben ir acompañadas de una actividad de sostén del yo, creando en la terapia un espacio seguro, íntimo, como primera forma de trabajo de los procesos separación/unión y registrando el nuevo equilibrio que está jugándose en el seno de la familia. En definitiva, la terapia como refugio compartido y compartible con el terapeuta, como espacio simbolizado y simbolizable. El terapeuta hace parte importante de dicho espacio, especialmente como mediador pulsional y transformador, a través de una función protectora y paraexcitadora frente a las tensiones que surgen desde el exterior y desde el interior del paciente. Además de la garantía de un espacio suficientemente seguro, (y para mantenerlo veremos que las situaciones de conflicto muchas veces son inevitables ,especialmente en los casos donde la actuación y la destructividad ocupan el primer plano), se ofrece continuidad psíquica, colocándose el terapeuta allí donde el paciente lo pueda encontrar.

**Ldo. Pablo Aizpurua Garbayo**
**Dra. Rocío Collazos García**
**Dr. Ernesto José Verdura Vizcaíno**

Fragmento de un artículo publicado en la revista del IEPPM:
Instituto de Estudios Psicosomáticos y Psicoterapia Médica - nº.: 111
**LO ORIGINARIO​​**
