¿Por qué un psicoanálisis?
El psicoanálisis sigue teniendo algo que decir hoy
Hay quien llega a un psicoanálisis después de haberlo intentado casi todo. Otros llegan sin un síntoma preciso, con la sensación de que algo de su vida no termina de ser suyo. Y hay quien llega sin saber del todo que está llegando. Le trae una lectura, una conversación, una inquietud que aún no tiene nombre. No necesita saber de antemano qué busca, ni por qué un psicoanálisis.
Es un movimiento contra la inercia de esta época: detenerse cuando todo empuja a seguir, y sostener una pregunta allí donde se nos ofrece enseguida una respuesta. Frente a tanta destructividad, y frente a sistemas que a menudo funcionan de manera perversa y tratan a las personas como objetos, abre la posibilidad de un encuentro vivo entre dos personas. Cabe preguntarse por qué, más de un siglo después de su invención, el psicoanálisis sigue teniendo algo que decir sobre la forma en que vivimos hoy.
Una época llena de respuestas y carente de preguntas
Nunca había sido tan fácil obtener una respuesta. Basta escribir una pregunta para recibir, en segundos, una contestación ordenada, amable y convincente. Las inteligencias artificiales conversan, consuelan y aconsejan, y hay quien les cuenta lo que no cuenta a nadie.
Conviene no despacharlo con desdén: dice mucho de la soledad de nuestro tiempo y de la necesidad de ser escuchado. Pero una respuesta no es una escucha. Lo que una máquina devuelve está hecho de lo ya dicho por otros, construido para resultar plausible y, en buena medida, para agradar. El psicoanálisis trabaja en la dirección contraria. No ofrece la respuesta que uno espera; abre un espacio donde puedan aparecer las preguntas que uno todavía no sabía hacerse.
En un análisis, lo decisivo rara vez está en lo que se dice con claridad. Aparece en el lapsus, en el silencio que se alarga, en el sueño recordado a medias, en la frase que se interrumpe. Escuchar eso exige a alguien presente, que pueda equivocarse, que se vea afectado por lo que oye y que haya recorrido antes su propio análisis. Exige a otro ser humano.
El tiempo que hace falta
Vivimos con prisa, y no solo por falta de tiempo. La inmediatez se ha convertido en una manera de estar en el mundo: todo debería resolverse ya, cada malestar tendría su técnica y cada técnica su plazo. Lo que no cabe en ese ritmo se vive como un fracaso propio.
El psicoanálisis propone otro tiempo. Freud advirtió que muchas experiencias adquieren su sentido después, cuando algo posterior las vuelve a iluminar. Comprender lo que nos ha pasado no sigue el orden del calendario. Por eso el análisis se sostiene en la regularidad de varias sesiones por semana, en horarios estables, durante el tiempo que cada proceso necesite. Esa constancia forma parte del método: permite que lo que no tiene lugar en la vida cotidiana encuentre, por fin, dónde decirse.
Lo que no se ve de uno mismo
Cada día nos confronta con la guerra, con la crueldad, con una capacidad de destrucción que parece no tener fondo. Solemos situarla fuera, en los otros. En 1932, cuando Einstein le preguntó si había algún modo de librar a la humanidad de la guerra, Freud respondió sin ingenuidad: las tendencias agresivas forman parte de lo humano y no pueden simplemente suprimirse. Lo que sí cabe es reconocerlas, ligarlas a los vínculos y darles otro destino.
Esa parte de nosotros no es fácil de ver. Sigmund Freud, el fundador del psicoanálisis, mostró que buena parte de lo que pensamos, sentimos y hacemos tiene raíces que desconocemos; lo resumió diciendo que el yo «no es dueño en su propia casa». Años después, Jacques Lacan, psicoanalista francés que releyó y renovó la obra de Freud, recurría a una imagen de la Antigüedad: un esclavo que llevaba un mensaje escrito en la cabeza, oculto bajo el pelo. Iba con él a todas partes, pero no podía leerlo. Para eso hacía falta otro.
Todos llevamos dentro odio, envidia, deseos de venganza, impulsos que nos cuesta reconocer como propios. Negarlos no los hace desaparecer; tiende a convertirlos en actos, en síntomas o en repeticiones que dañan a uno mismo y a quienes le rodean. En el diván pueden decirse en lugar de actuarse. Quedan pocos lugares en nuestra cultura donde eso sea posible sin ser juzgado ni corregido.
La vida psíquica es compleja, y en ella conviven fuerzas que destruyen y fuerzas que unen. Durante mucho tiempo, el psicoanálisis puso el acento en el conflicto y en lo destructivo. Sin embargo, en lo que no vemos de nosotros hay también capacidad de amar, de cuidar, de reparar el daño hecho, de crear y de jugar. A veces está dormida, o nunca encontró a alguien que la reconociera. Un psicoanálisis de nuestro tiempo tiene que contar con ella y ayudar a que encuentre su lugar.
«La pulsión, un concepto fronterizo entre lo anímico y lo somático.»
Sigmund Freud, Pulsiones y destinos de pulsión (1915)
El cuerpo que habla
El psicoanálisis nació escuchando cuerpos. Las primeras pacientes de Freud padecían parálisis, toses y dolores que la medicina no lograba explicar, y fue atendiendo a sus palabras como descubrió que el cuerpo también recuerda y también habla.
Hoy el cuerpo está muy presente y, a la vez, muy poco habitado. Se mide, se exhibe, se corrige, se medica; se le exige rendimiento. Y sin embargo sigue expresando lo que no encuentra otra vía: el insomnio, la tensión que no cede, el estómago que se cierra, un cansancio sin explicación. En el análisis, la voz, el ritmo de la respiración, la postura en el diván o lo que se siente al rozar ciertos recuerdos forman parte de la escucha. El cuerpo no se interpreta desde fuera; se le da la ocasión de entrar en la palabra.
Un tratamiento del alma
Uno de los primeros escritos de Freud se titula Tratamiento psíquico (tratamiento del alma). La palabra alemana que empleaba, Seele, se tradujo durante décadas por términos más asépticos, como mente o aparato psíquico, quizá para dar al psicoanálisis un aire más científico. Algo se perdió en esa traducción.
Hablar del alma no es hablar de religión ni de algo vaporoso. Es nombrar aquello que hace que una vida sea de alguien: su historia, sus amores y sus duelos, lo que desea y lo que teme, lo que ignora de sí y sin embargo le determina. Ninguna clasificación diagnóstica lo recoge entero, y ningún protocolo puede tratarlo en serie. El psicoanálisis parte de esa singularidad. No pretende adaptar a nadie a un ideal de normalidad. Busca que cada cual llegue a conocerse lo bastante como para vivir con más libertad y con menos sufrimiento inútil.
Un encuentro diferente
Un psicoanálisis comienza con unos primeros encuentros en los que se escucha qué trae a cada persona y se piensa, juntos, si este es su camino. Si lo es, se acuerda un encuadre: varias sesiones semanales, habitualmente en el diván, en un horario estable. Se invita a hablar con la mayor libertad posible, también de lo que parece absurdo, vergonzoso o sin importancia. El analista no dirige ni aconseja. Escucha, señala, a veces interpreta, y sobre todo sostiene un espacio en el que algo nuevo pueda llegar a decirse.
Es un trabajo exigente, que no corresponde a todos los momentos de la vida ni a todas las personas. Lo que en él puede transformarse no es solo un síntoma, sino la relación de cada uno consigo mismo y con los demás. La investigación clínica ha estudiado también este proceso, y observa que sus efectos tienden a sostenerse cuando el análisis ha terminado.
Si algo de lo que aquí se dice le concierne, puede escribirnos o llamarnos para concertar un primer encuentro
Referencias
Freud, S. (1890). Tratamiento psíquico (tratamiento del alma). · Freud, S. (1915). Pulsiones y destinos de pulsión. · Freud, S. (1917). Una dificultad del psicoanálisis. · Lacan, J. (1953). Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis. · Einstein, A. y Freud, S. (1933). ¿Por qué la guerra? · Bettelheim, B. (1982). Freud y el alma humana. · Shedler, J. (2010). The Efficacy of Psychodynamic Psychotherapy. American Psychologist, 65(2).
