(…) Freud ya sostuvo lo gravoso de la vida y la necesidad del ser humano de acceder a «poderosas distracciones que nos hagan valuar en poco nuestra miseria, satisfacciones sustitutivas que la reduzcan y sustancias embriagadoras que nos vuelvan insensibles a ella» (1930).

Freud señala en ese mismo texto que la actividad científica y el psicoanálisis son también una distracción y, según como lo conjuguemos, tendrá en cada uno de nosotros distinto equilibrio en las tres categorías antes descritas (distracción-sustitución-adicción). Cuestión cotidiana actual: las plataformas de ocio audiovisual que consumimos (Netflix, HBO, Prime…), en qué medida responden a cada categoría? Difícil respuesta. Quizá Winnicott (1971/2013) pueda ayudarnos a través del uso del objeto.

La Consulta de Chamberí - Artículo: Alegato por cierta Incomodidad

La tendencia al consumo actual es evidente. El mensaje «keep calm and relax» aparece en productos vinculados al marketing desenfrenado. También tenemos el exceso farmacológico de nuestros tiempos. España se llevó el dudoso honor de ser durante dos años consecutivos, 2020 y 2021, el país con mayor consumo de ansiolíticos del mundo, cuestión que llevó al ciudadano a transitar desde el polo desbordado/desbordante a la pasividad estéril. Es como pasar de la hipermotricidad frenética, del «pasado de rosca», a tener al bebé todo el día con chupete adormecido: «angelito…». Y he aquí que aparece en el mundo el fentanilo, conocido como la droga de la «calma». Imaginemos las siglas R.I.P. (requiescat in pace), o esa fuerza pulsional que puede llevarnos a la tranquilidad excesiva, esas famosas «zonas de confort» o justificaciones caracteriales: «yo soy así».

Pensemos también en las fuerzas pasionales de la ambición sin límite que llevan a consumir el camino demasiado pronto. Volviendo a Freud: «Se ha sacrificado la vida para recuperar, por otro camino, solo la dicha del sosiego» (1930). Supone la muerte de la pulsión y el resignamiento de toda actividad como consecuencia frente al malestar. Nos propone una alternativa: la sublimación de las pulsiones y la vida de la fantasía, a través de las mociones deseantes (aunque también reconoce que, por elaborado que sea este mecanismo sublimatorio, no conmueve nuestra corporeidad y siempre queda, y ha de quedar, pienso, un resto inabarcable) y hace un llamamiento al arte de vivir: «aquella orientación de la vida que sitúa al amor en el punto central, que espera la satisfacción del hecho de amar y ser-amado» (ibid.) en el que por cierto incluye el amor sexual, este sí conmovedor de la corporeidad. ¿No da la impresión de que no está de moda practicar el sexo? No me refiero al hablar pornográfico del mismo o al exhibir parcialidades hiperexcitadas de intercambio corporal, me refiero a la sexualidad genitalizada vía amor. Y aunque Freud reconoce el punto débil de esta posición, la inevitable pérdida de objeto y la conmoción del amor, no conoce mejor camino hacia la dicha.

Parece que una parte del mundo viviera inserta en la comodidad narcótica, opiáceos para el pueblo. En otros lugares el hambre, las guerras y la muerte campan por doquier. Vemos anuncios publicitarios sobre accidentes de tráfico o de niños en África que nos hacen sentir profundamente incómodos, ¡pero qué fácil es cambiar de canal! Ante la castración y la incómoda realidad necesitamos, cual fetiche, desviar la mirada a otro lugar. Los medios nos ofrecen la salida: pornografía bélica, pandémica o deportiva, la que toque, hasta que otro nuevo foco de «falsa incomodidad» – pues necesitamos seguir dando de comer a nuestra conciencia moral– vuelva a instaurarse.

Partamos desde la estadística: en España es alarmante el descenso de la natalidad. En Europa, las tasas de fecundidad están por debajo de la media mundial y siguen en descenso. Las razones suelen redundar en la falta de estabilidad laboral o en las dificultades para conciliar, cuestiones reales no menores. Sin embargo, la necesidad de una garantía imposible siempre existió. Tener hijos siempre supone una apuesta, así como las renuncias necesarias para ello. La cuestión del narcisismo ¿pudiera estar expresando aquí una vertiente tanática? Me pregunto si, al albor de estos datos, es pertinente señalar como un posible factor la «incomodidad» que supone la crianza de los niños, sabiendo que es cuestión compleja. Freud (ibid.) ya señaló en la primera mitad del siglo XX paradojas inquietantes al respecto: «Y ¿de qué nos sirve haber limitado la mortalidad infantil, si justamente eso nos obliga a la máxima reserva en la concepción de hijos, de suerte que en el conjunto no criamos más niños que en las épocas anteriores al reinado de la higiene y, por añadidura, nos impone penosas cuestiones en nuestra vida sexual dentro del matrimonio y probablemente contrarresta la beneficiosa selección natural? Y, en definitiva, ¿de qué nos vale una larga vida, si ella es fatigosa, huerta de alegrías y tan afligente que no podemos sino saludar a la muerte como redentora?».

¿Podemos hablar de un descenso de ciertas actividades vitales vinculadas históricamente a «lo infantil» (por diferenciarlo de infancia), entre ellas la capacidad de jugar y su vínculo con la creatividad? Quizá esta es una de las preguntas que impulsó que la International Psychoanalytical Association realizara su congreso en 2021 sobre «lo infantil». Sin embargo, también pudieran estar derivándose a otras vías de expresión, tales como lo digital y las tecnologías (que no solo obturan). Las comunidades de streamers, los juegos en línea o los diseños tecnológicos compartidos, manifiestan importantes áreas vitales y de creatividad. Recientemente, en el panel de la IPA «Innovaciones en el psicoanálisis infantil», Fernanda Cubría (2024) nos hablaba de la experiencia al introducir el videojuego en la sesión analítica infantil.

Los que hemos trabajado o convivido con niños sabemos de las experiencias ambivalentes que se producen. La experiencia de agotamiento o «pereza» es frecuente. La demanda pulsional infantil no es poca cosa. Sin embargo, cuando conseguimos atravesar la densa bruma gris, podemos acceder a la recompensa del placer compartido y a la contribución en una tarea importante. Pareciera como si cierta cuota de placer se guardara en conserva, nos perteneciera en titulación, pero no en usufructo. Alarma aquí una de las caras de la pulsión de muerte, esa que se oculta detrás de la pereza o «lo gris», en esas vidas aparentemente cómodas (y con marcados tintes narcisistas), que se enconan en el no perder frente a la vida y el paso del tiempo, sin poder acceder a la verdadera ganancia. La pérdida es inevitable y es esta cuestión la que queda desmentida. Surge el auge de la cirugía estética no vinculada a la salud y el fenómeno del merchandising jamás sacado de su embalaje, negando la imposibilidad de disfrute (¡imagínense de juego!) por fuera del coleccionismo exhibicionista/voyerista. Recuerda a la conserva congelada, a la belleza fría, tal y como nos mostrara Paul Denis (2013) en su relato sobre «La bella actualidad».

El auge de movimientos colectivos, aparentemente políticos o sociales, está siendo importante. La reivindicación de reconocimiento de un sector de la población maltratada en un pasado o en el presente impacta con fuerza. Sin embargo, contemplamos con tristeza cómo bastantes de estos movimientos se desvían de su esencia. Los poderes fácticos son aquí importantes y acaban desencadenando el no encuentro entre las personas. Roma ya expuso su máxima bélica: «Divide y vencerás». La diferencia y la alteridad, en una incomprendida expresión, en vez de generar vida y amor, se mudan en pobreza y vacío. Aparece la nueva versión del «narcisismo de las pequeñas diferencias». La soledad ha aumentado poderosamente. Hay países que designaron delegaciones oficiales frente a esta pandemia. Me pregunto entonces si el auge de los vínculos sadomasoquistas, que suelen ser únicamente juzgados como elementos destructivos o tóxicos (y que portan ese germen, tal y como Freud nos lo señala en el capítulo 6 de «El malestar en la cultura», no pudieran aparecer como dique frente al vacío y la soledad. Freud afirmó (1915): «El odio es, como relación con el objeto, más antiguo que el amor: brota de la repulsa primordial que el yo narcisista opone en el comienzo al mundo exterior prodigador de estímulos. Como exteriorización de la reacción displacentera provocada por objetos, mantiene siempre un estrecho vínculo con las pulsiones de la conservación del yo, de suerte que pulsiones yoicas y pulsiones sexuales con facilidad pueden entrar en una oposición que repite la oposición entre odiar y amar». Quizá el odio también sirva para mantener una relación con el objeto, la única posible en algunas circunstancias (…).

Pablo Aizpurua
Fragmento de un artículo publicado en
“Revista de Psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica de Madrid (2024), nº 102.
ORÍGENES Y DESTINOS DE LA ALTERIDAD​​

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